El nido: la elección. Parte III (la última).

Como aquí les contaba, yo juré y rejuré que no enviaría a mi niño al nido hasta que tuviera 3 años. Pero debo confesarles algo: poco después de que cumpliera 2, yo ya casi no jalaba… Y como me habían pasado el dato de un lugar en donde ofrecían talleres para niños pequeños, y que iban acompañados por su mamá (aspecto super archi hiper importantísimo), decidí averiguar.

Efectivamente, ofrecían clases de estimulación, cocina, arte y música. Una escogía la clase que prefería, la cual duraba 1 hora y se daba a las 4 o 5 pm, dependiendo de la disponibilidad de cupos. Mi niño en ese entonces se mandaba unas jateadas por la tarde que ni se imaginan. Recién abría el ojo a eso de las 5.

Por eso, pregunté: “¿No ofrecen clases por la mañana? Porque mi niño hace siestas por la tarde…”

Y me respondieron: “Los niños no deben despertarse muy tarde de la siesta, porque entonces de acuestan después de las 8 de la noche, y eso no es correcto”.

“???”

“Porque los niños que se acuestan después de las 8 no descansan lo suficiente y no rinden académicamente”.

“??????”

O sea, según la señorita que me atendió, mi hijo ya no iba a ingresar a Harvard porque se acostaba a las 9 o 9:30. Y eso que no le conté que hubo una vez que se durmió (¡horror!) a las 10!

Entonces no me quedaba otra que seguir firme en mis principios y mandarlo al nido cuando cumpliera 3. Total, yo podía entretenerlo, sacar energías del subsuelo, seguir llevándolo al parque, al centro comercial. Así de supermamá mode on andaba. Y de superterquedad también, todo hay que decirlo. Y de hecho, fueron lindas las semanas en que nos íbamos a los juegos TODA la mañana, tomábamos juguito, comíamos croissant, y luego volvíamos a casa para almorzar y jatear TODA la tarde. #Harvardsucks.

Hasta que un par de meses después, luego de sentirme fatal un fin de semana, amanecí pálida y con unas náuseas sospechosamente conocidas…“Oh, oh, estoy embarazada de nuevo… ¡Tendrá que ir al nido ya!”.

Y por supuesto que escogí el Nido B.

Visitamos dos nidos más, por si acaso, y si bien no eran de terror como el Nido A, en infraestructura, iluminación y limpieza no se comparaban con el Nido B. Además, los niños tenían que subir y bajar escaleras (no habían rampas) para llegar a la zona de juegos, y es no nos convenció.

En mi siguiente post les contaré cómo fue la adaptación al nido, en la cual, por suerte, nos fue muy bien. Pero no quiero terminar este post sin antes decirles que a veces una tiene que ser flexible. Yo estaba convencidísima de que TODOS los niños del mundo no necesitaban ir al nido antes de los 3 años, que en casa estaban muy bien, y si estaban con la mamá, mejor. Pero como muchas veces me ha pasado, la realidad hizo tambalear mis creencias.

Mi niño empezó el nido a los 2 años y medio, y si no comenzó antes fue porque el nido tenía dos meses de vacaciones. Porque yo ya me había dado cuenta de que cada vez que veía niños, él salía corriendo tras ellos. Sí, por ese entonces estaban de vacaciones todos los vecinitos del edificio (todos un poco más grandes) y salían en bicicleta, en patineta, y mi niño, al verlos por la ventana, corría a la puerta sin chistar. Por suerte estaba mi mamá de visita y lo llevaba a jugar con los niños, porque hacía un calor de la patada, y yo con los cansancios del embarazo no daba abasto.

Además, ya estando embarazada, tampoco hubiera esperado a que naciera la bebé (casi cuando él cumpliera 3) para llevarlo al nido. Habrían sido demasiados cambios al mismo tiempo.

Así fue como me di cuenta de que no hay fórmulas, recetas ni leyes absolutas en cuanto a la edad precisa para empezar el jardín. Cada caso, cada niño, cada familia, cada circunstancia es única. Eso sí, ojalá siempre se diera cuando el niño esté listo, y ojalá no hubiera mucho llanto cuando la mamá lo deja en la puerta.

nido3foto

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El Nido. Parte II : Las cosas van mejorando…

Después de haber salido despavoridos del Nido A (con sus fotos de niños africanos, y un bebé de sietes meses llorando sin que nadie le hiciera caso), nos dirigimos al Nido B.

Y la verdad es que nos gustó.

Instalaciones amplias, limpias, ventiladas e iluminadas, juguetes en buen estado, área de primeros auxilios, personal preparado y con años de experiencia, y salones organizados por edades (párvulos: de 1 año y medio a 2 años y medio/ prejardín: de 2 y medio a 3 y medio).

Se notaba pues que por eso era más caro.

Nos gustó además que se tratara de un nido que formaba parte de un colegio. La directora nos explicó que la jornada era de 3 horas, nos mostró el plan de estudios. Nos pareció que todo estaba muy bien organizado.

Le pregunté sobre la retirada del pañal, y me dijo que eran muy respetuosos del proceso individual de cada niño, que las profesoras no tenían ningún problema en cambiar pañales, y que poco a poco les iban enseñando a dejarlos.

Lo único que no me gustó fue que no había semana de adaptación, es decir, que yo no podía quedarme con mi niño en su salón durante los primeros días, sino que debía dejarlo en la puerta, decirle adiós y despedirme (aquí poner cara de tragedia griega). Tampoco me gustó que hubiera solo 1 profesora con asistente para máximo 20 niños (podía darse el caso de haber menos niños, pero si se tenía que recibir 20, recibían a los 20…).

¿Qué hicimos?

Pues nos pareció que nuestro niño de año y medio estaba muy chiquito para empezar el nido.

Además, nos habían pasado el dato de otra institución que no era nido como tal, sino que ofrecía talleres (de arte, música, etc.) para niños pequeños, los cuales eran de 1 hora y tenían que ir con la mamá.

Esta es la mía, me dije. Y de eso les contaré en el siguiente post.

nido2foto

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El nido. Parte I: Una historia de terror.

A veces por presión social una termina haciendo cosas que no quiere.

“¿Por qué no lo metes de una vez al jardín si allá aprenden tanto? ¿Por qué no lo metes de una vez al jardín si necesitan socializar?” son el tipo de preguntas que empiezan a recaer sobre una madre apenas el niño o la niña cumple 1 año de vida.

Cuando leí este artículo juré y rejuré que no metería a mi hijo al nido hasta los 3 años, aunque al final lo metí a los 2 y medio… pero esa historia se las cuento después. Hay casos en que no tienes otra alternativa que llevarlos al nido desde muy pequeño; cuando, por ejemplo, tienes que volver a trabajar, y no cuentas con niñera o abuelos. Motivos hay tantos como familias en este mundo, y todos los casos son comprensibles y muy respetables, eso sí.

Pero ¿qué pasa cuando eres madre a tiempo completo (por decisión propia, o porque en tu anterior trabajo te pagaban una miseria, o por las dos cosas), y esas preguntas te machacan la cabeza sin parar? Pues casi nada: vas a visitar jardines para que no te jod… por presión social.

(Lo que a continuación leerán pasó hace año y medio. Estoy en modo “recordaris” para luego avanzar hacia el presente).

Empiezas entonces tu búsqueda según uno de los factores determinantes para elegir el lugar: cercanía. Sí, porque si bien hay unos nidos campestres bien bonitos y hasta con caballos, están a media hora o 40 minutos de tu casa, y a ti como que no te gusta manejar en carretera… así que descartado. Siguiente paso.

Hay cuatro nidos cerca de tu casa y a ellos vas.

Nido A:

El caos total. La degeneración absoluta. El fin del mundo. Y no exagero.

Nos recibe en la puerta un afiche con el siguiente texto mayúsculas: A TI NO TE GUSTA COMER… ELLOS NO TIENEN QUE COMER.

Y a continuación, aproximadamente diez fotografías de niños africanos. No necesito describir las fotos para que se imaginen de qué estamos hablando ¿no?

Aparece entonces una jovencita que nos dice que la directora no está y que ella nos va a mostrar las instalaciones. Se acaba de graduar de la universidad, y nos cuenta que en esta institución se fomenta el desarrollo de las inteligencias múltiples. Ya.

Entonces lanzas la pregunta de rigor: “¿Cómo manejan el uso y retirada del pañal?”

Y recibes la siguiente respuesta, dicha con mucho orgullo: “Aquí les enseñamos a dejar el pañal desde que tienen 1 año. Les decimos: ‘Pof! Huele muy feo. Vamos a quitarte el pañal’”.

Mi cara debió de haber sido un poema.

Vamos entonces a conocer las instalaciones: salones pequeños, un poco oscuros. Pasamos al comedor y somos testigos del siguiente escenario: un tropel de niños de diferentes edades a cargo de una sola persona que al tener que vigilar a los de 3 años, ignora completamente a un bebé de 7 meses que llora a grito pelado en su cochecito.

En ese momento, terminaba el almuerzo así que a continuación vimos cómo la manada de niños salía despavorida con dirección a la piscina de pelotas, a la cual se lanzaban… con zapatos.

Vimos también cómo la persona que “cuidaba” a los niños en el comedor, empujaba el coche del bebé, mientras este seguía llorando desconsoladamente. No me aguanté y le dije: “¿Por qué no lo carga? Cárguelo!” (!!!)

Con cara de pocos amigos, la mujer me respondió: “Parece que se quedó con hambre”, y se lo llevó quién sabe adónde. Por supuesto que no lo cargó, ni siquiera lo miró.

Demás estará decir que salimos del nido despavoridos ¿no?

Y los juguetes los tenían más o menos así.

Y los juguetes los tenían más o menos así.

Esta historia continuará…

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Need you all

El año pasado, luego de descubrir que iba a ser mamá por segunda vez, me sumergí en un silencio más o menos largo. Como después les conté, mi silencio se debía a ciertos miedos que debía enfrentar. Por eso, entre las náuseas y el cansancio extremo del primer trimestre, cerré la ventana de mi blog, de mi Facebook y de mi Twitter. Desaparecí.

Pero luego, volví. ¿Por qué? porque sigo necesitando hablar, así como también sigo necesitando leer para sentirme acompañada. Porque si bien este segundo puerperio está siendo muchísimo más llevadero que el primero, no les voy a negar que hay días, sobre todo tardes, que pueden volverse muy largas. Y si llueve, peor.

rain

Los temas cambian a medida que pasa el tiempo, a medida que vamos superando etapas. Dejan de preocuparnos los dientes, cólicos y chanchitos, el gateo, la caminada y la dejada de pañal. Nuestros hijos crecen y van socializando, empiezan el nido (jardín), y con ello nuestras preocupaciones iniciales son reemplazadas por nuevos desafíos. Y si tenemos un recién nacido (o recién nacida como en mi caso), pensamos que ya nos las sabemos todas… al menos en esa etapa.

Pero debemos estar atentas y por más que, efectivamente, nos las sepamos todas, no debemos olvidar que la maternidad, así como nos brinda una felicidad nunca antes vivida, puede también aislarnos y llevarnos a sentirnos solas.

Por eso sigo aquí, porque quiero seguir estando rodeada de gente buena onda. Porque a pesar de interactuar a través de una pantalla, a través de este espacio he conocido a personas que siento muy cercanas, y porque en fin… I need you all!

***

Suelo escribir por la mañana, y qué mejor forma de empezar el día escuchando Beatles. All You Need is Love, para todos ustedes :)

Pd. Recién me doy cuenta de que este sábado es San Valentín (es que por aquí no se celebra en febrero), así que sin querer queriendo, el post y la canción encajaron bien no? ;)

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Sobreviviendo a un segundo puerperio

Me hizo bien escribir sobre el puerperio. Mucho bien. Porque la verdad es que no está siendo tan difícil como imaginé. Ojo, no es que sea fácil, pero no ha resultado tan difícil como lo esperaba…

Seguramente al recordarlo me preparé psicológicamente para ello no? Aunque de hecho, han habido otras razones que ayudaron a que las cosas fluyeran durante las primeras semanas con mi recién nacida y mi niñito de ya 3 años:

1. Ya he sido mamá: ahora ya sé cómo cargar a un bebé, ya no me da miedo cambiar un pañal, y sobre todo sé que estoy haciendo las cosas bien. Sí, ya no soy el mar de dudas e inseguridades que se sentía contrariada hasta por la opinión de la vecina.

2. Mi bebé nació cuando comenzaban las vacaciones de fin de año: lo cual significó que mi esposo no tuvo que volver al trabajo en un mes! Al respecto, sigo soñando con que algún día los hombres latinoamericanos tendrán una licencia de paternidad que vaya más allá de los 5 días en promedio.

3. Mi mamá se quedó poco más de un mes y fue lo máximo! Verla disfrutar de sus nietos es conocerla de otra manera, es redescubrirla y quererla aún mucho más… si es que eso es posible.

4. Me he dejado ayudar: sí, esta vez no he estado obsesionada con hacerlo todo yo, y he delegado hasta la lavada de ropa de mi bebé. Por favor, denme un premio.

5. Esta vez no hubo ni hay visitas inoportunas. Se agradece la comprensión.

6. No tengo tanto sueño como pensé que iba a tener. Increíble pero cierto. Aunque para serles sincera, con mi niño tampoco era que anduviera muerta de sueño. Creo que el cansancio extremo de mi primer puerperio se debía principalmente a las infinitas preocupaciones que me aquejaban (tenía miedo hasta del aire que respiraba mi bebé), y a las dudas filosóficas del tipo “¿Es normal que haga pof mientras toma teta?”

7. Acepto mi cuerpo de posparto the way it is. Aunque eso sí, desde hace semana y media le he dicho adiós a las harinas y al azúcar refinada; y combato los ataques de hambre con almendras y nueces del Brasil. Tal vez es por eso que tengo más energía y ando de mejor humor no?

8. Me compré ropa bonita para el posparto. Aunque a veces es difícil saber cómo va a quedar tu cuerpo tras dar a luz, es mejor arriesgarse que andar todo el día en buzo o peor, en pijama.

9. Esta vez no tengo reparos en dar de lactar en público. La primera vez me tardé un par de meses; esta vez ni un minuto ;)

10. Y lo más importante: Mi niñito adora a su hermanita. Creo que lo preparamos muy bien desde el inicio de mi embarazo para evitar que tuviera celos o se sintiera desplazado. No se imaginan cómo le da besos, cómo le hace cariñito, y cómo me dice que la traiga a su cuarto cuando es hora de dormir!

Sin embargo, no les voy a negar que también han habido momentos difíciles, y que más de una vez he pegado un grito cuando las cosas no salían como esperaba… y que luego me he sentido recontra mal por ello.

Pero lo bueno es que cada vez me es más fácil olvidar mis metidas de pata (al fin y al cabo soy humana), perdonarme, y seguir adelante en este reto diario que significa ser mamá de dos.

Sí, ahora soy mamá de dos. Ahora somos cuatro. He formado mi propia familia. A veces me cuesta creerlo. Me acuerdo cuando mi esposo y yo nos vimos por primera vez, y cuando éramos novios. Y hoy en día, cuando veo a mis chiquitines dormir, no puedo creer que los hayamos traído al mundo, que se hayan formado dentro de mí, y que los puntitos que veíamos en las primeras ecografías se hayan convertido en estas pequeñas personitas que llenan la casa.

Sí, he formado mi propia familia, y por eso, cada vez que escucho esta canción se me salen las lágrimas de emoción, porque ese “uno para todos y todo por amor” refleja el verdadero sentido de una familia, y porque realmente siento que…

We got everything and more

than we have planned

more than the rivers than run the land

we’ve got it all in our hands

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Cuerpos y madres

He observado algunas recomendaciones, preguntas y comentarios sobre el cuerpo de la madre o futura madre:

  • Siempre me preguntan si estoy usando cremas antiestrías.
  • Más de una vez le han preguntado a mi esposo si me han salido estrías.
  • Durante mi segundo embarazo, se han sorprendido de que mi barriga se haya empezado a notar a las pocas semanas: “¿Tan rápido estás tan gorda?”
  • Cuando una mujer da a luz y pierde peso al poco tiempo, los halagos no tardan en llegar. En mi Facebook personal, por ejemplo, leo comentarios como: “¿Tú acabas de dar a luz???????????? REGIA!!!!!!!” o “Flacaza!!!!!!! No parece que acabas de ser mamá!!!!!”.
  • Pero cuando una mamá pone una foto en la cual luce, por decirlo de algún modo, “diferente” (puede que esté un poco hinchada, despeinada u ojerosa) se escuchan detrás de la pantalla comentarios como: “Ay, pobre… siempre la mamá tan descuidada, habría que ponerle una vincha en el pelo”.

¿Qué pasa entonces si no estás inmediatamente regia tras dar a luz? Mereces la pena capital, parece.

Por eso, nos escondemos en las fotos, y solo queremos que en ellas salga nuestro bebé… A mí me sirvió leer el artículo Mamá, ponte en la foto de Allison Tate; y creo si lo hubiera leído antes, probablemente tendría muchas más fotos con mi entonces recién nacido.

Porque al haberme criado en un entorno en donde se vanaglorian los vientres planos, los muslos firmes y los 60cm de cintura, seguramente en algún lugar de mi inconsciente yacía la errónea creencia de que no tenía derecho de aparecer en las fotos si no estaba en mis mejores fachas.

Pues estaba muy equivocada. Porque, tras dar a luz, no todas las madres llamamos al peluquero, al maquillador o al personal trainer para convertirnos en modelo de Victoria Secret. Porque si bien nos puede costar (y mucho, mucho, muchísimo) aceptar las estrías o kilos de más, no podemos dejar que ello defina nuestra existencia. Y ojo que no estoy haciendo un llamado a pesar 100 kilos, sino más bien, a no obsesionarnos con los ampliamente conocidos parámetros de belleza.

Hace poco descubrí Según Roxy, quien realizó un concurso animando a las madres a mandar fotos reales, sin photoshop, de su puerperio. Vale la pena mirarlas, sin los prejuicios de siempre. ¿A que no nos reconocemos en alguna de ellas?

En muchos casos, aquí faltarían las venas.

No sé si esta foto ha sido arreglada con Photoshop o no, pero creo que a esta panza le faltan las venas, muchas venas.

Muchas de las recomendaciones, preguntas y comentarios mencionados al principio son principalmente dadas por otras mujeres. Por eso, creo que tal vez podríamos intentar dejar de juzgar el cuerpo, tanto propio como ajeno, y así contribuir a que no se nos siga exigiendo ser una Barbie en cada etapa de nuestras vidas… incluso tras dar a luz.

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Puerperio

Últimamente has estado pensando mucho en el puerperio. Tu primer puerperio te agarró muy, pero muy de sorpresa. No tenías mucha idea de nada. No sabías cómo cargarlo, y te daban miedo cosas como bañarlo o cambiarle el pañal. Nunca antes habías tenido contacto con un recién nacido, y tampoco sabías que era perfectamente normal que se la pasara pegado a tu teta el día entero, o que solo quisiera tus brazos. En algún lugar de tu inconsciente existía esa terrible creencia de que lo podías malacostrumbrar, o de que no era bueno que dependiera tanto de ti. Sí, eso creías, erróneamente. Y si ahora eres una ferviente defensora de la lactancia, el colecho y el porteo es porque sabes que te salvaste, que ambos se salvaron, y que valió un par de búsquedas en internet y un simple “Muchos dicen que los dejes llorar, pero yo no hago caso, yo lo cargo” de parte de un ser querido para desmontar aquellos “Déjalo en su cuna para que puedas hacer tus cosas” o “Que se acostumbre a estar con otras personas”.

pies

Esas dudas e inseguridades que te acompañaron las primeras semanas tal vez pudieron haberse atenuado si tu mamá se hubiera quedado más tiempo. Una semana no es pues suficiente. Mínimo debería haber sido un mes (y por eso volvió al mes, luego de que la llamaras pidiendo ayuda). Te lo aconsejó una de tus mejores amigas, pero no le hiciste caso. Pensaste que si las gringas se la bancaban solas, tú también podrías. Pero las gringas en realidad no se la bancan solas: reciben la ayuda de la familia o los amigos por un tiempo.

Durante tu primer puerperio, sabías que las malas noches y los continuos despertares harían mella. No, no lo sabías. Lo intuías, que no es lo mismo. Porque por más libros que leas y por más experiencias que te cuenten, tienes que vivirlo en carne propia para saber qué significan esos primeros días. Sea por parto natural o cesárea, llegas a tu casa molida, para darte cuenta de que la vida te ha cambiado radicalmente de un momento a otro. Y no se trata de un cambio al que puedes ir acostumbrándote poco a poco (como cuando te vas a vivir a otro país o cuando comienzas un nuevo trabajo), sino del más radical de todos. Se trata pues de un cambio que no te da tiempo ni de asumirlo, porque si ayer nomás estabas trabajando en tu lindo vestidito de maternidad, hoy estás en pijama, despeinada, muerta de sueño y sin bañarte, cambiando pañales, sacando chanchos y dando teta cada media hora.

Y cuesta, cuesta asumirlo, sobre todo cuando no te imaginabas que iba a ser tan difícil. Y cuesta, cuesta asumirlo: ¿Dónde quedaste tú?

Sin embargo, es el tiempo que pasa sin que te des cuenta (¿alguna de ustedes acaso recuerda en detalle ese primer mes?) el que te hacer asumir la maternidad, tu maternidad desde otra perspectiva. Llega pues el momento en que no solo eres capaz de saber qué necesita tu bebé, sino sobre todo, el momento en que eres capaz de tranquilizarlo. Y te maravillas tanto de ese mágico proceso de la naturaleza que, a veces, hasta el día de hoy te cuesta creer que lo conozcas tanto.

¿Dónde quedó esa mujer que una mañana salió para la clínica a dar a luz? Esa mujer ya no existe. Desapareció. Se borró del mapa. Pero en el buen sentido. Porque descubrió, a través de la maternidad, a través de la crianza, que no había perdido nada, sino que había ganado mucho. Había ganado pues algo inconmensurable, algo infinito.

Porque aunque haya días en que estás rendida del sueño y fines de semana en que desearías levantarte a las 10am, bien sabes que en realidad no extrañas nada de tu vida antes de la llegada de tu niño; porque ya no concibes tu existencia sin su presencia, porque no hay sensación parecida a la que generan sus besos, abrazos y sonrisas, y porque te derrites por ese “mamá” que pronuncia cada día, por ese “mamá” que es la primera palabra que menciona al despertar.

En algún lugar leíste que el puerperio duraba dos años aproximadamente, y en tu caso, puedes decir que sí. A partir de los dos años de tu niño, sentiste que la conexión con tu hijo era más que fuerte, por no decir indestructible; y esa seguridad te llevó a retomar con tranquilidad ciertas actividades de antes como dormir una siesta, uno que otro ritual de belleza, o comer tranquila y con las dos manos. Incluso, sospechabas que pronto llegaría el día en que podrías volverte a poner una minifalda.

Sin embargo, también sabías que querías volver a ser mamá. Siempre lo supiste. Tanto así que pronto vas a encontrarte en un nuevo puerperio.

pies rosados

A estas alturas de la vida ya sabes que si bien sirve planificar, tampoco podemos leer el futuro. La control freak que vivía en tu interior también desapareció. Y aunque le tienes miedo (por no decir, pánico, pavor) a la falta de sueño, esta vez tu mamá te acompañará un mes, y esperas que su presencia te garantice una siesta cuando tu esposo esté trabajando. Sí, porque eres consciente de que la falta de sueño te hace perder la paciencia, y que esta vez vivirás un puerperio muy distinto: ahora serás mamá de dos, y eso implica nuevos y muy complicados retos.

Es entonces buena idea entregarse al puerperio sin dolor: sabiendo que hoy puedes estar tranquilamente escribiendo en tu computadora, y mañana, de un momento a otro, en pijama, despeinada y sin bañarte, dando teta y cambiando pañales non-stop.

Sí, debes entregarte a él y sin miedo, dedicándote a conocer a tu bebé y llenándote de amor; multiplicando ese amor para tus dos pequeños y para tu esposo, ese amor que será los cimientos de esta nueva familia que están formado.

Esta canción se la ponía a mi niño cuando tenía mesecitos. Si bien es una canción romántica, me hace pensar en el amor maternal por lo siguiente:

Though I know I never lose affection

For people and things that went before

I know I’ll often stop and think about them

In my life I love you more

Que tengan un lindo fin de semana :)

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De compras como madre segundiza

Cuando estás esperando tu segundo bebé, te preguntas qué puedes reutilizar: cuna, coche, asiento de carro, sillita de comer, bañera, ropa y un largo etcétera. En mi caso, ropa no pude porque es una niña quien viene en camino; y aunque el coche no lo pienso utilizar (voy a usar un fular), por siaca lo mandé a lavar.

Cuando estás esperando tu segundo bebé, te sorprendes además de la cantidad de compras inútiles que hiciste con el primero: desde CDs de Guns n’ Roses for Babies hasta pijamitas talla RN que usó SOLO UNA VEZ!

Y como ando en esta onda de tener cada vez menos cosas innecesarias, ahora voy a lo que voy. Lo que más me ha sorprendido de ser una madre segundiza es que ahora tomo decisiones en minutos, lo cual en mi primer embarazo me habría tomado semanas! La experiencia le dicen. Ah, y otra cosa, no he comprado nada, absolutamente nada, que no esté en descuento. Smart shopping, eso es! ;)

on sale

Así que esta vez, los gorros, medias, babitas y toallitas son una prioridad; los bodies y pijamitas son mínimo talla 3 meses (nunca nunca más compraré RN, ni para regalar); y siempre pensando en la comodidad de mi bebé: ropa 100% algodón, sin adornitos, lazos, colgantes o cordones que puedan hacerle daño.

He procurado además comprar una cantidad “razonable” de todo aquello que pueda almacenar, para así ahorrarme algunas idas o tiempo en el supermercado: mi clóset está que revienta de pañales (y otra vez: SOLO UN paquete RN porque los dejan al toque), cremas para la colita, algodón, y wipes. Pero ojo, después de leer que algunos wipes presentarían sustancias tóxicas en su composición, pretendo usarlos no para la colita sino para cuando se desparramen otras “sustancias” a mi alrededor.

De todas formas, les dejo una lista de compras básicas para una mamá que encontré aquí.

pregnant shopping

Y ahora lo que me falta es conseguirme un par de blusas decentes para dar de lactar. Oh, yeah! :)

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Nuestros protectores

Durante muchos, muchos años me consideré no creyente. No creyente en el sentido de no pertenecer a ninguna iglesia, ni ser practicante de una religión en particular. Bueno, hasta el día de hoy no asisto a ninguna iglesia, ni practico religión alguna. Sin embargo, la palabra “atea” siempre me pareció un poco fuerte, en tanto negar la existencia de un dios me parecía demasiado arriesgado. Además, no sé si el ateísmo implica pensar en la no existencia de un más allá, es decir, en negar la vida después de la muerte. Si así fuera, entonces nunca habría podido considerarme atea, porque siempre me he resistido a pensar que después de esta vida no hay nada más.

Sí, me resisto a pensar que nunca más veremos a aquellos seres que amamos y que dejaron este mundo antes que nosotros. Yo quiero, por ejemplo, volver a ver a mi papá y conversar con él. Tantos temas quedaron pendientes, tantas preguntas que ahora siendo adulta me gustaría hacerle; porque si bien lo disfruté de niña y de adolescente, la enfermedad se lo fue llevando a medida que yo iba creciendo.

¿Cómo no creer en el más allá si mi papá estuvo en mi casa la noche en que falleció? Serían las 8pm, habíamos bañado al niño, y yo lo estaba acostando. Mi esposo fue a preparar algo de comer, y por un momento, le pareció ver a alguien sentado en la cocina, y ese alguien se parecía físicamente a mi papá. Vino a despedirse, de eso estoy segura.

A principios de mayo, semanas antes de cumplirse el primer año de su fallecimiento, yo estaba muy triste. Con decirles que no tenía ganas ni de celebrar el Día de la Madre. Y después de un fin de semana de haberme sentido fatal, el lunes me desperté con esas náuseas que solo una mujer que ha estado embarazada conoce a la perfección. Tal vez ese fue un mensaje del cielo, de él, para que ya no estuviera triste.

heaven

Dicen que todo tiene una razón de ser, hasta lo más incomprensible. A mí, por ejemplo, me cuesta mucho entender por qué mi papá se tuvo que enfermar, y posiblemente nunca llegue a comprenderlo. Me parece tan injusto. Por eso, prefiero recordarlo como en los mejores momentos: sonriendo, haciendo bromas, feliz.

Dicen también que nuestros seres queridos nos dejan en el preciso instante en que tienen que dejarnos, ni un minuto antes ni un minuto después. Eso me lleva a pensar que mi papá disfruta más de su nieto y disfrutará más de su nieta, de lo que hubiera podido disfrutarlos en vida pero enfermo. Porque ahora siempre está con nosotros, siempre nos acompaña y nos protege no de forma física, sino espiritual.

Esta era una de sus canciones preferidas. Todavía no puedo escucharla por completo, pero me quedo con la primera frase: “Bajo un monte lleno de miedo y ambiciones siempre debe haber ese algo que no muere…”

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¿Sabes lo que comes?

Porque ahora me leo toditiiiiiiitos los ingredientes de lo que compro en el supermercado.

Durante mucho tiempo me enorgullecí de ser un desastre en la cocina. Durante mucho tiempo no me preocupé por mi alimentación. Cuando viví en Gringolandia, un semestre entero almorcé salchichas. Pero como tampoco era chatarrera (nunca me han gustado las hamburguesas, ejemplo), pensaba que no me alimentaba tan mal.

Con el tiempo, me dio por cocinar. Y como nunca me gustó mucho la carne ni el pollo, comía prácticamente solo pescado. Por eso, y pese a que de postre siempre me comía un par de chocolate chip cookies, seguía pensando que no me alimentaba mal.

Imagen tomada de Pinterest.

Imagen tomada de Pinterest.

Luego me casé, y nos vinimos a Colombia. Como típica familia latinoamericana, contratamos a una señora para que viniera a cocinar. Empecé a comer ensaladas, así que seguía jurando que no me alimentaba tan mal.

Después me convertí en mamá, y le di a mi bebé toda la leche materna del mundo. El inicio de la alimentación complementaria fue difícil: no tenía la menor idea de cómo hacer una papilla, y hasta tuve que googlear qué era una acelga. Mi bebé no quería nada más que teta, y yo me sentía frustrada. Luego de leer “Mi niño no me come”, me tranquilicé un poco, y dije, bueno, algún día comerá.

Y dicho y hecho. Poco a poco, mi niño empezó a comer “de la olla”, y yo seguía creyendo que en general, nos alimentábamos bien. Para ese entonces, ya le había bajado un montón a los dulces y al azúcar en general, luego de ver este video:

A mi niño nunca quise darle dulces, y de hecho, nunca se los doy. Si los ha probado, ha sido en algún cumpleaños o ocasión especial. Sin embargo, no pasaba lo mismo con las harinas. Como renunciar a ellas es para mí mucho más difícil que dejar los postres, decidí que los panes, galletas y tostadas que comiéramos en casa fueran únicamente integrales. Claro, no me había puesto a pensar en la cantidad de preservantes y conservantes que le pueden ponen a una galleta integral para que dure hasta el próximo año :S, ni tampoco en el hecho de que incluso estos productos llevan azúcar.

Hasta hace unos años, yo consideraba inconcebible una niñez sin dulces, y hasta pude considerar exagerado que algunos padres no quisieran que sus hijos comieran chocolates. Ahora, soy de esas madres que en los cumpleaños le quitan la crema (horrorosamente azul) a los cupcakes.

Y lo peor: al revisar la lonchera que le dan a mi niño en el nido, me encontré con cosas como Milo (yo que odio Nestlé), leche chocolatada, fruta con crema chantilly y chocolates!!! Fui a hablar con la directora, y solicité un cambio en su lonchera. Por suerte, fueron muy receptivos al respecto, y a mi niño le hacen un menú especial: siempre le dan jugo de fruta natural, y no le dan los dulces.

También les dejé una fotocopia de un artículo que salió hace poco en el suplemento “Niños” de la Revista Etiqueta Negra, en donde explican claramente que muchos alimentos comunes en la dieta de los niños son dañinos para su salud porque contienen colorantes, preservantes y azúcares en proporciones elevadas; entre ellos la leche chocolatada, los yogures con grageas, las cajas de jugo, los nuggets y los hot dogs. Por cierto, estos últimos también se incluyen en las loncheras de los niños “más grandes”, es decir, a partir de 4 años :S

Como les decía, ahora me leo toditiiiiiitas las etiquetas de lo que compro en el supermercado, y trato de que en casa consumamos la menor cantidad posible de productos industrializados. Así, los cereales que compramos no tienen azúcar y son de un fabricante local, los jugos los endulzamos con stevia, el pan ya no es embolsado sino fresco de panadería, el arroz y los fideos son integrales, la sal es marina, y el aceite es de canola o en spray.

En cuanto a los lácteos, ese es un temón y da para otro post (y muuuuy largo). Solo les digo que aquí en Colombia no recomiendan dar leche de vaca a los niños a partir del año, sino seguir con la leche de fórmula para diferentes edades; y bueno, yo no tomo leche, sino yogurt natural.

Imagen tomada de Pinterest

Imagen tomada de Pinterest

Hace poco he iniciado este camino. Me falta averiguar mucho, mucho más. Tampoco quiero convertirme en una de esas madres controladoras que prohíben y prohíben comer ciertas cosas, porque a veces lo prohibido es lo que más llama la atención; y es un hecho que a medida que mi niño crezca va a ir a más y más cumpleaños, va a visitar a otros niños en sus casas, va a ir al cine, y seguro allí irá a comer más de una chuchería.

¿Cómo encontrar un punto medio? ¿Cómo encontrar un equilibrio? Buscando una respuesta, en esas estoy.

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