Nuestros protectores

Durante muchos, muchos años me consideré no creyente. No creyente en el sentido de no pertenecer a ninguna iglesia, ni ser practicante de una religión en particular. Bueno, hasta el día de hoy no asisto a ninguna iglesia, ni practico religión alguna. Sin embargo, la palabra “atea” siempre me pareció un poco fuerte, en tanto negar la existencia de un dios me parecía demasiado arriesgado. Además, no sé si el ateísmo implica pensar en la no existencia de un más allá, es decir, en negar la vida después de la muerte. Si así fuera, entonces nunca habría podido considerarme atea, porque siempre me he resistido a pensar que después de esta vida no hay nada más.

Sí, me resisto a pensar que nunca más veremos a aquellos seres que amamos y que dejaron este mundo antes que nosotros. Yo quiero, por ejemplo, volver a ver a mi papá y conversar con él. Tantos temas quedaron pendientes, tantas preguntas que ahora siendo adulta me gustaría hacerle; porque si bien lo disfruté de niña y de adolescente, la enfermedad se lo fue llevando a medida que yo iba creciendo.

¿Cómo no creer en el más allá si mi papá estuvo en mi casa la noche en que falleció? Serían las 8pm, habíamos bañado al niño, y yo lo estaba acostando. Mi esposo fue a preparar algo de comer, y por un momento, le pareció ver a alguien sentado en la cocina, y ese alguien se parecía físicamente a mi papá. Vino a despedirse, de eso estoy segura.

A principios de mayo, semanas antes de cumplirse el primer año de su fallecimiento, yo estaba muy triste. Con decirles que no tenía ganas ni de celebrar el Día de la Madre. Y después de un fin de semana de haberme sentido fatal, el lunes me desperté con esas náuseas que solo una mujer que ha estado embarazada conoce a la perfección. Tal vez ese fue un mensaje del cielo, de él, para que ya no estuviera triste.

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Dicen que todo tiene una razón de ser, hasta lo más incomprensible. A mí, por ejemplo, me cuesta mucho entender por qué mi papá se tuvo que enfermar, y posiblemente nunca llegue a comprenderlo. Me parece tan injusto. Por eso, prefiero recordarlo como en los mejores momentos: sonriendo, haciendo bromas, feliz.

Dicen también que nuestros seres queridos nos dejan en el preciso instante en que tienen que dejarnos, ni un minuto antes ni un minuto después. Eso me lleva a pensar que mi papá disfruta más de su nieto y disfrutará más de su nieta, de lo que hubiera podido disfrutarlos en vida pero enfermo. Porque ahora siempre está con nosotros, siempre nos acompaña y nos protege no de forma física, sino espiritual.

Esta era una de sus canciones preferidas. Todavía no puedo escucharla por completo, pero me quedo con la primera frase: “Bajo un monte lleno de miedo y ambiciones siempre debe haber ese algo que no muere…”

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¿Sabes lo que comes?

Porque ahora me leo toditiiiiiiitos los ingredientes de lo que compro en el supermercado.

Durante mucho tiempo me enorgullecí de ser un desastre en la cocina. Durante mucho tiempo no me preocupé por mi alimentación. Cuando viví en Gringolandia, un semestre entero almorcé salchichas. Pero como tampoco era chatarrera (nunca me han gustado las hamburguesas, ejemplo), pensaba que no me alimentaba tan mal.

Con el tiempo, me dio por cocinar. Y como nunca me gustó mucho la carne ni el pollo, comía prácticamente solo pescado. Por eso, y pese a que de postre siempre me comía un par de chocolate chip cookies, seguía pensando que no me alimentaba mal.

Imagen tomada de Pinterest.

Imagen tomada de Pinterest.

Luego me casé, y nos vinimos a Colombia. Como típica familia latinoamericana, contratamos a una señora para que viniera a cocinar. Empecé a comer ensaladas, así que seguía jurando que no me alimentaba tan mal.

Después me convertí en mamá, y le di a mi bebé toda la leche materna del mundo. El inicio de la alimentación complementaria fue difícil: no tenía la menor idea de cómo hacer una papilla, y hasta tuve que googlear qué era una acelga. Mi bebé no quería nada más que teta, y yo me sentía frustrada. Luego de leer “Mi niño no me come”, me tranquilicé un poco, y dije, bueno, algún día comerá.

Y dicho y hecho. Poco a poco, mi niño empezó a comer “de la olla”, y yo seguía creyendo que en general, nos alimentábamos bien. Para ese entonces, ya le había bajado un montón a los dulces y al azúcar en general, luego de ver este video:

A mi niño nunca quise darle dulces, y de hecho, nunca se los doy. Si los ha probado, ha sido en algún cumpleaños o ocasión especial. Sin embargo, no pasaba lo mismo con las harinas. Como renunciar a ellas es para mí mucho más difícil que dejar los postres, decidí que los panes, galletas y tostadas que comiéramos en casa fueran únicamente integrales. Claro, no me había puesto a pensar en la cantidad de preservantes y conservantes que le pueden ponen a una galleta integral para que dure hasta el próximo año :S, ni tampoco en el hecho de que incluso estos productos llevan azúcar.

Hasta hace unos años, yo consideraba inconcebible una niñez sin dulces, y hasta pude considerar exagerado que algunos padres no quisieran que sus hijos comieran chocolates. Ahora, soy de esas madres que en los cumpleaños le quitan la crema (horrorosamente azul) a los cupcakes.

Y lo peor: al revisar la lonchera que le dan a mi niño en el nido, me encontré con cosas como Milo (yo que odio Nestlé), leche chocolatada, fruta con crema chantilly y chocolates!!! Fui a hablar con la directora, y solicité un cambio en su lonchera. Por suerte, fueron muy receptivos al respecto, y a mi niño le hacen un menú especial: siempre le dan jugo de fruta natural, y no le dan los dulces.

También les dejé una fotocopia de un artículo que salió hace poco en el suplemento “Niños” de la Revista Etiqueta Negra, en donde explican claramente que muchos alimentos comunes en la dieta de los niños son dañinos para su salud porque contienen colorantes, preservantes y azúcares en proporciones elevadas; entre ellos la leche chocolatada, los yogures con grageas, las cajas de jugo, los nuggets y los hot dogs. Por cierto, estos últimos también se incluyen en las loncheras de los niños “más grandes”, es decir, a partir de 4 años :S

Como les decía, ahora me leo toditiiiiiitas las etiquetas de lo que compro en el supermercado, y trato de que en casa consumamos la menor cantidad posible de productos industrializados. Así, los cereales que compramos no tienen azúcar y son de un fabricante local, los jugos los endulzamos con stevia, el pan ya no es embolsado sino fresco de panadería, el arroz y los fideos son integrales, la sal es marina, y el aceite es de canola o en spray.

En cuanto a los lácteos, ese es un temón y da para otro post (y muuuuy largo). Solo les digo que aquí en Colombia no recomiendan dar leche de vaca a los niños a partir del año, sino seguir con la leche de fórmula para diferentes edades; y bueno, yo no tomo leche, sino yogurt natural.

Imagen tomada de Pinterest

Imagen tomada de Pinterest

Hace poco he iniciado este camino. Me falta averiguar mucho, mucho más. Tampoco quiero convertirme en una de esas madres controladoras que prohíben y prohíben comer ciertas cosas, porque a veces lo prohibido es lo que más llama la atención; y es un hecho que a medida que mi niño crezca va a ir a más y más cumpleaños, va a visitar a otros niños en sus casas, va a ir al cine, y seguro allí irá a comer más de una chuchería.

¿Cómo encontrar un punto medio? ¿Cómo encontrar un equilibrio? Buscando una respuesta, en esas estoy.

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El camino hacia el minimalismo

Hace poco más de un año, decidí reducir mis cosas a lo esencial y, considerando lo obsesiva que puedo ser a veces, puse mi clóset patas arriba, metí lo que no necesitaba en cajas para regalar o donar, y guardé lo que tal vez volvería a usar (o me volvería a quedar) en un tiempo.

Imagen tomada de Pinterest.

Imagen tomada de Pinterest.

Lo que más me sorprendió fue la cantidad de cosas que tenía antes de ser mamá, y que en aquel entonces, consideraba indispensables. Con el tiempo, esa larga lista de imprescindibles se había convertido en una larga lista de irrelevantes: anillos grandes, collares, pulseras, aretes largos, carteritas, minifaldas, zapatos de taco alto, y un largo etcétera.

Sí, porque para cuando puse mi clóset patas arriba, ya me había dado cuenta de que las joyas son un peligro tanto para mi niño (se las puede comer) como para mí (me puede arrancar una oreja), y que las minifaldas y los tacones no son de mucha ayuda cuando quieres jugar en el suelo o tienes que perseguir a tu hijo en el parque.

Eso sí, tengo un vestido pegadito y unos stilettos que me niego a dejar ir! Por más que el vestido se me quede atorado en el cuello y los stilettos me hagan ver a Judas calato. Una nunca sabe, quizás vuelva a usarlos en… 5 años.

Volviendo al tema: empecé por mi ropa, seguí con mis libros (y eso que tengo una caja que lleva como un año esperando ser donada a la biblioteca…), luego con el clóset de mi niño, y ahora me queda pendiente la cocina.

Sé que para muchas de nosotras es sumamente difícil desprendernos de las cositas de nuestros bebés, porque atesoramos esas ropitas diminutas o estos juguetes tan queridos por nuestros hijos. Por ejemplo, yo le tengo un cariño indescriptible a un par de bodies de recién nacido y a unos zapatitos de tela. Para estos casos, un consejo que me ha parecido muy útil es tomarle una foto al objeto (seguramente ya lo has hecho), y guardarla en tu cajón de recuerdos. Al fin y al cabo, una foto ocupa menos espacio.

Por cierto, no sé si se trata de una tradición, pero esto le pasó a dos de mis amigas: poco antes de casarse, las suegras les regalaron una caja que contenía la ropita de niño del futuro esposo. A mí me pareció de lo más sweet, pero si sientes que no podrás conservar una caja durante 30 o 35 años, siempre queda la opción de la foto ¿no? :D

En fin, les confieso que tengo unos arranques minimalistas periódicamente, y si bien nunca he sido muy cachivachera, el tratar de mantener el menor número posible de pertenencias, el no estar atada a las cosas, me hace sentir mucho más libre.

I’m traveling light, pues.

Por cierto, la primera vez que me topé con el concepto de minimalismo fue a través de Dulcia y su Minimalismo en Casa. Y así, de enlace en enlace, llegué a Vale de Oro y su Armario Minimalista. Highly recommendable.

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Hola mundo

Hace meses escribí por última vez.

Debe de haber sido el sueño del primer trimestre el que me llevó a tirarme a dormir. Pero ya no era como en mi primer embarazo que podía echarme a la cama en cualquier momento y qué rico, bajar el black-out. No, esta vez tenía (tengo) que cuidar a mi príncipe que todo el día quiere jugar.

Entonces las demás actividades pasaron a un segundo plano. Las horas dedicadas al blog quedaron en suspenso. Las 9:30 o 10 de la noche dejaron de ser para mí.

Cómo me gustaría ser insomne. Cómo me gustaría dormir 4 o 5 horas y funcionar… funcionar como una persona normal. Conozco a muchas personas que pueden hacerlo, y la verdad es que me gustaría ser como ellas. Pero no soy así. Si no duermo lo suficiente o si no hago siesta para recuperar el sueño perdido, al día siguiente ando de pésimo humor, pierdo la paciencia en segundos, no me aguanto ni a mí misma.

Y así fue pasando el tiempo. Pasó el primer trimestre y el sueño me duró un poco más. Mi blog y mis redes sociales deben de tener telarañas.

Por eso, hoy me gustaría contarles lo que han sido estos últimos mesecitos de mi vida:

  1. Primero, primerísimo que nada, la súper noticia: IT’S A GIRL…!!! ¿Qué más puedo decir? :D
  1. Aquellas que tienen más de un hijo deben saberlo mejor que yo: el segundo embarazo se pasa volando. Yo un día me desperté, me miré en el espejo y me pregunté: ¿A qué hora me salió esta barrigota?
  1. Durante mi primer embarazo me la pasé buscando información sobre coches, cunas y vinilos de decoración. Ahora, en cambio, mis búsquedas se orientan a fulares, llegada del hermanito, berrinches… y otros temas como el minimalismo y la alimentación saludable.

Por cierto, los videos que más me han ayudado sobre fulares son los de Mimos y Teta; los mejores consejos sobre cómo preparar a tu hijo para la llegada del hermanito los he encontrado en este y este enlace de Mamá Om; y la información necesaria para SOBREVIVIR a la etapa de los berrinches la he hallado en esta página de Louma Sader.

Ahora, si cada vez me adentro más por los caminos del minimalismo ha sido por causa de Vale de Oro (sobre todo, por su armario minimalista), y si ando obsesionada por la alimentación saludable ha sido por Food Babe (en inglés), que me ha dejado un poco traumatizada por la cantidad de preservantes y otras porquerías que podemos encontrar en nuestra comida diaria.

  1. Durante mi primer embarazo me dediqué a construir mi árbol genealógico a lo Jodorowski. Esta vez, más de una sombra ha hecho su aparición. Es un tema difícil de contar. Son miedos que, de cuando en cuando, se manifiestan en pesadillas, aunque la verdad es que últimamente ya no tanto. Creo que por eso dejé de escribir. Si no estoy tranquila, no logro escribir. Ni siquiera para decir que me estoy tomando un receso o que me voy de vacaciones. Y debo confesarles que muchas noches, me despertaba a las pocas horas, y me ponía a darle vueltas a mil y un cosas que no me dejaban dormir. Por suerte, todo eso ha ido pasando, y por eso, creo, estoy volviendo a escribir.
  1. Pasando a temas más alegres, les cuento que la operación pañal ha sido todo un éxito. Este post de Serendipity me sirvió de inspiración, pero lo que más me ayudó fue la opinión de las lectoras. Si están en este proceso, no duden en darles una mirada. Los comentarios son ORO PURO. Particularmente, me ayudó mucho el de Miss Malena, quien aquí se expande mucho más en el asunto. Viene con canción y todo ;)
  1. Mi niño empezó el nido (jardín o guardería). Y le fue súper bien! Por suerte, nunca lloró cuando lo dejé en la puerta, y aunque la primera semana me llamaron para recogerlo porque me estaba extrañando demasiado, a partir de la segunda semana ya se quedaba tranquilo el par de horitas que está allí por las mañanas. Eso sí, me cercioré de que uno de los lineamientos de la institución fuese el respeto, y me consta que las profesoras los cargan inmediatamente si se ponen a llorar, y llaman a la mamá o a algún pariente para que los recojan si ven que los niños no se calman luego de unos cuantos minutos. Eso me parece importantísimo, porque el año pasado visité otro nido y para mí fue una historia de terror. De eso hablaré seguramente después.

Por cierto, también descubrí que Miss Malena escribió un post sobre cómo preparar a los niños para empezar el nido, y dado que ella es profesora de educación inicial, decidí seguir sus consejos y les puedo asegurar que funcionaron ;)

  1. Finalmente, les cuento que tengo una infinita lista de cosas por hacer. Va desde reorganizar la cocina, donar libros a la biblioteca, ver de dónde sacamos espacio para colgar la ropa, y conversar con mi ginecólogo sobre violencia obstétrica.

Y así, se acaba mi “breve” update.

GRACIAS TOTALES a todas aquellas personas que me escribieron preguntándome dónde me había metido y si estaba/estábamos bien.

¿Qué cuesta escribir un post diciendo que me tomo un descanso? Nada.

¿Qué cuesta escribir un post diciendo que me voy de vacaciones? Nada.

Y entonces ¿por qué no lo hago?

Al principio iba a responder con un simple “no sé”, pero creo que este post me ha ayudado a comprender que cuando las sombras acechan, tiendo a aislarme. Afortunadamente, no suelo permanecer así durante mucho tiempo. Todo es cuestión de dejarse llevar por los pensamientos positivos, y como diría mi querido Bob Marley, repetir cual mantra: Everything is gonna be alright.

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Extraños que te tocan la panza. Y luego hasta quieren cargar a tu bebé.

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Cuando vivía en Gringolandia, fui al Baby Shower de una compañera de estudios que era de Costa Rica, y cuyo novio era alemán. Luego de haber pasado una tarde de comilona y juegos (adivinar con un centímetro la medida de su panza, entre otros), me fui a despedir de ella, con unos amigos. “Cómo se nota que son latinos” nos dijo sonriendo, porque tras decir adiós, le tocamos también la panza.

Sí, yo era una de esos especímenes que ahora considero deben desaparecer de la faz de la tierra. Seguramente lo hice de forma automática, seguramente acostumbrada a que eso sucediera a mi alrededor.

Para serles sincera, antes de estar embarazada no me había puesto a pensar en el asunto, pero el comentario sobre el origen de los toca-panza me llevó a preguntarme si era algo cultural. Porque me imagino que los amigos alemanes del novio no le tocaban la panza. Pero al menos, en este caso, yo no era ninguna extraña. Aunque la verdad es que tampoco éramos íntimas amigas; éramos, como mencioné al principio, compañeras de estudio.

Por otro lado, estoy casi segura de que en Gringolandia, la probabilidad de que un extraño le tocase la panza habría sido mínima en comparación con lo común que es esta costumbre en los países latinoamericanos.

Cuando estaba embarazada, tuve que aprender a detener manos ajenas (principalmente de mujeres que atendían en tiendas), y decir: “Por favor, no me toque la barriga”,  a lo que muy sorprendidas me preguntaban: “Ay ¿no le gusta?”, con cara de indignación. Claro, como se suponía que estaban siendo “amables” conmigo, yo no debía enojarme, sino más bien agradecerles :S

Personalmente, creo que tocar la barriga de una embarazada es una costumbre que debe ser erradicada. HAGAMOS UNA CRUZADA.

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Los bebés suelen despertar sentimientos de amor, ternura y dulzura. Digo “suelen”, porque estoy segura de que hay personas más maternales que otras y que, nuevamente, hay sociedades que son más indiferentes que otras en lo relacionado con los bebés.

Tanto en la sociedad en donde me crié (Perú) como en la sociedad en donde vivo (Colombia), la gente se derrite por los bebés, y apenas ven a uno todo el mundo quiere cargarlo. Yo nunca tuve ningún inconveniente con eso, siempre y cuando se hubiesen lavado bien las manos, fuesen miembros de la familia o amigos cercanos (lo que cual viene a ser lo mismo), y no se lo llevaran lejos de mi vista ;)

Sin embargo, hay cierta gente que no es de tu entorno, en otras palabras, COMPLETOS DESCONOCIDOS, que no solo creen tener el derecho de agarrarle los cachetes a un bebé ajeno, sino que hasta manifiestan su deseo de cargarlo.

Imagen tomada de Pinterest

Imagen tomada de Pinterest

Me pasó en unas cuantas ocasiones:

  • En un bautizo: me imagino que sería el tío abuelo del bautizado, quien por cierto olía a alcohol, el que se acercaba a mi bebé estirando los brazos, diciendo: “¡Yo lo cargo, yo lo cargo!”.
  • En una pizzería: me ofrecieron una sillita de comer y cuando dije que no era necesario, la mesera me dijo: “Si quiere se lo cargo y así usted come”.
  • En un café, el café al que siempre iba estando embarazada: nuevamente fue la mesera quien por poco se abalanza sobre mí, estirando los brazos con la intención de cargar a mi bebito.
  • A la salida del cine: mi niño se asustó durante la película, así que decidimos salir. Y entonces nos encontramos con un viejo amigo de mi esposo, quien al conocer a mi hijo, también empezó a estirar los brazos y a decir: “¡Yo lo cargo, yo lo cargo!”. Bueno, si bien en este caso no era un total desconocido (aunque yo lo habré visto a lo mucho tres veces en mi vida), sí lo era para mi hijo. Y además, era evidente que mi niño estaba llorosito en mis brazos. ¿Cuál era entonces el afán por cargarlo? Mi no entender.

Por favor, señores extraños, a los bebés ajenos NO se les carga. Si hasta casos de secuestro ha habido. Por eso, la respuesta correcta en estos casos siempre es NO.

¿Les ha ocurrido algo así?

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Estivill sigue de moda. Lamentablemente.

¿Por qué seguimos escuchando que a los bebés se les debe dejar llorar?

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1.

Estaba embarazada, seguramente de seis meses, cuando unos compañeros de trabajo nos invitaron a mi esposo y a mí a cenar. Ellos son padres de dos niños. Ellos estaban felices por nuestra paternidad inminente, y nosotros, como padres primerizos, aprovechábamos para pedirles recomendaciones sobre libros infantiles y pediatras en la ciudad. No sé en qué momento nos contaron que a su hijo mayor lo dejaron llorar. Por más que intento recordar cómo llegamos a ese tema, no logro hacerlo; tal vez estábamos hablando de las desveladas. Tampoco me acuerdo de cuántos días ni por cuánto tiempo lo dejaron llorar; nos dieron números, pero no sé. Lo que sí recuerdo es que él nos dijo: “Es que solo se quería dormir en brazos”, y ella: “Fue horrible. Yo también lloraba”.

2.

Mi bebé tenía una semana de nacido y tuvimos control con el pediatra. Le empecé a hacer todas las preguntas de una madre primeriza que no se había informado sobre el cuidado del recién nacido, porque ingenuamente pensaba que todo se daría sin mayor cuestionamiento: “Doctor, ¿está bien que pida teta cada hora?, doctor, ¿está bien que quiera estar en brazos todo el tiempo? doctor, ¿está bien que se despierte a cada rato por la noche?”.

El pediatra me dijo que era perfectamente normal que mi bebé pidiera teta cada hora así como que se despertara continuamente a pedirla, pero que de todos modos, sería bueno que me comprara un libro sobre el sueño infantil, cuyo título y autor apuntó en la receta: “Duérmete niño”, de Eduard Estivill. La verdad es que en ese momento no le presté mucha atención, porque como mamá de un recién nacido lo último que se me pasaba por la cabeza era ir a una librería.

3.

Mi bebé tendría poco más de un mes de nacido cuando descubrí los blogs de maternidad. Con él pegado a la teta, intentaba leer todo, absolutamente todo aquello que no leí durante el embarazo. Me pasaba el día entero dando de lactar, con la laptop al costado, fascinada con el nuevo mundo que acaba de descubrir: madres compartiendo sus vivencias; madres brindando apoyo a otras madres; madres haciendo que la maternidad sea un poco más fácil para aquellas primerizas como yo.

Y de pronto me topé con un nombre conocido, un apellido que me sonaba de algún lado. ¿No era acaso el autor que me había recomendado el pediatra? (!!!) Y entonces me puse a leer sobre él. Me puse a leer a estas muchísimas madres que unían esfuerzos para difundir las terribles consecuencias que tiene el método Estivill en los bebés y niños a quienes supuestamente se les enseña a dormir.

Así fue como di con el nombre de Rosa Jové (cuyo libro sí compré), quien explica claramente lo perjudicial que resulta aplicar este método:

“Los métodos de adiestramiento no enseñan a dormir, solamente provocan un shock emocional que altera en el menor los niveles de las principales hormonas que regulan nuestra emociones, y además le demuestran que no vale la pena quejarse porque nadie le responderá […] Las secuelas más importantes de estos métodos a corto, medio y largo plazo son: trastornos de ansiedad, depresiones, indefensión aprendida, trastornos del apego, trauma por estrés agudo y síndrome de estrés postraumático” (Dormir sin llorar 217).

4.

Vuelvo a preguntarme, si ha habido estudios al respecto y la información está disponible, ¿Por qué seguimos escuchando que a los bebés se les debe dejar llorar?

Y me hago esta pregunta, porque ya con mi bebé en brazos, más de una vez me recomendaron dejarlo llorar para que no se despertase por las noches:

  • Una señora me contó que para ella las desveladas fueron terribles, porque su bebé de seis meses se seguía despertando a pedir biberón. Así que para solucionar el “problema”, no solo le empezó a dar agua en vez de leche (como le habían aconsejado), sino que además lo dejó llorar y llorar un par de noches, hasta que de pronto, de un momento a otro, dejó de despertarse por las noches. Me recomendó hacer lo mismo para que yo “descanse”.
  • Un señor se sorprendió cuando escuchó que mi bebé se seguía despertando por las noches. “Ya es hora de dejarlo llorar. Eso da mucha pena, pero hay que hacerlo”, recomendó.
  • Una vez escuché a una mamá y una profesora de nido:

Mamá: El pediatra me dijo que le dejara de dar de lactar a los seis meses, porque ya no era necesario. Pero mi bebé se seguía despertando por la noche, quería que lo cargara, pero yo no podía hacerlo. Tenía que dejarlo llorar… caballero. Lo dejé llorar como dos semanas, pero no se calmaba nunca. Una noche no pude más y lo cargué.

Profesora: Uy, entonces te logró manipular.

6.

¿Por qué escribo esto?

Porque hace unos días encontré en un sitio web para embarazadas, un artículo titulado “Colecho vs. Estivill”, el cual empezaba señalando: “Ambos son métodos para hacer dormir a los niños y ambos son correctos”, y luego, con relación al método Estivill: “… es más difícil para la mamá que para el hijo”.

Simplemente no lo podía creer. No podía creer que un sitio web supuestamente serio, un sitio web que da consejos a embarazadas, publicara un artículo que de forma tan irresponsable, ignorara por completo las consecuencias que genera el dejar llorar a un bebé; un artículo, además, carente de referencias bibliográficas, en donde el único testimonio al cual se hace mención es el de “una amiga muy cercana que tiene hijos de 5 y 2 años y ambos durmieron perfectamente con estivill” (con minúsculas en el texto original).

Entonces me pregunto ¿No pudieron acaso haber investigado un poco más? ¿Cómo pudieron pasar por alto las críticas que este método ha venido recibiendo en los últimos tiempos?

Escribo este post porque es lamentable que se sigan tratando de manera tan superficial, temas tan cruciales en cuanto al cuidado y la crianza del bebé.

Escribo este post porque no me parece justo que un sitio que supuestamente brinda información útil a embarazadas, haga precisamente lo contrario: desinformar.

7.

Dejé un comentario en el artículo, el cual ya lleva días pendiente de aprobación, y les escribí un e-mail desde mi correo personal que todavía no me contestan. En él, les sugería leer algunos los siguientes enlaces:

http://iboneolza.wordpress.com/2012/06/06/desmontando-a-estivill/

http://dormirsinllorar.blogspot.com/2007/08/reflexiones-sobre-el-metodo-estivill.html

http://dormirsinllorar.blogspot.com/2010/02/funciona-el-metodo-estivill-y-similares.html

http://dormirsinllorar.blogspot.com/2014/02/mi-padre-invento-el-metodo-estivill.html

http://naceunamama.com/600/por-que-no-hay-que-aplicar-el-metodo-estivill

http://es.paperblog.com/estivill-delira-719425/

http://lacienciadelsuenoinfantil.blogspot.com.es/

Ojalá los lean.

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Herencias que nunca usé

Una de mis mejores amigas de Lima vive en Gringolandia, y es mamá de dos hombres. Cuando se enteró de que yo estaba esperando un hombrecito, no solo se puso feliz sino que además me dijo: “Dianis! no sabes todas las cosas que tengo para mandarte!”. Y dicho y hecho, me envío dos bolsas gigantes de ropa… NUEVA! Ropa nueva, completamente sin estrenar; ropa que alguna vez compró para sus hijos en esos descuentos gringolandeses que a cualquier madre hacen perder la razón (¿Polos a 3 dólares? ¡Me llevo cinco!), ropa que nunca llegó a ponerle a sus hijos y que gentilmente me la heredó. Sin embargo, ahora que lo pienso, esa ropita en realidad no fue una herencia, sino más bien un regalo, ya que como les dije, estaba nueva.

Pero del mismo modo en que hubo regalos así de inesperados, mi bebé recibió un par de herencias que en realidad nunca usó:

1. Monitor: No sé si fue culpa de las películas gringas, pero cuando quedé embarazada, el monitor era para mí un must! Quería uno hasta con pantalla, para que cada vez que quisiera chequear que mi hijo estuviera respirando, no tuviera que acercarme a su cuarto y correr el riesgo de (¡oh no!) despertarlo. Además, me habían dicho que mi bebé podía sentir mi ansiedad o preocupación al entrar constantemente a su cuarto para mirarlo, así que era mejor dejarlo dormir tranquilo y vigilarlo desde lejos.

La realidad fue que mi bebé durmió en nuestro cuarto hasta pasado el año y siempre sus siestas cerca de mí, así que el intercomunicador heredado nunca salió de su caja.

2. Esterilizador de biberones: Nuestro microondas se había malogrado desde antes de quedar embarazada, así que estuve a punto de comprar un esterilizador de biberones eléctrico que nunca supe bien en dónde iba a guardar. Y entonces llegó a mis manos un esterilizador de microondas, el cual era tan grande que tuvimos que tomarle las medidas para comprar un microondas en donde cupiera. Sí, no compramos un esterilizador para el microondas, sino un microondas para el esterilizador.

El resultado fue que establecimos la lactancia y nunca lo usamos. Y cuando empezó la alimentación complementaria, se me hizo mucho más fácil the old fashioned way: pasar los recipientes por agua caliente. El microondas sí que sirve hasta el día de hoy para calentar el arroz.

3. Calentador de biberones para el carro: Hasta el momento, no he conocido a nadie que los haya utilizado, y cuando lo recibí la verdad es que me pareció súper práctico para salir a pasear. Pero dado que di de lactar mucho más allá del año, no hubo ninguna leche que calentar.

4. Ropa usada: Este es un aspecto que puede herir susceptibilidades, pero no puedo dejar de mencionarlo. Antes de ser mamá, otra de mis mejores amigas que ya era mamá me dijo: “Dianis, al principio vas a querer que toda, pero toda la ropa del bebé esté nueva, pero con el tiempo te vas a dar cuenta de que como es tan cara, siempre es bueno recibir una que otra herencia, así que tú nomás acéptalas”. Y creo no le falta razón. Sin embargo, creo también que es una decisión personal. Así como he conocido mamás que no aceptan ropa usada porque esta podría trasmitir a su bebé una energía distinta, creo que la percepción del estado en que se encuentra la ropita varía de persona a persona, y por lo tanto, lo que a alguien podría parecerle aceptable, para otro sería impensable.

Y a ustedes ¿Cómo les fue con las herencias?

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Compras Inútiles: 5 productos que como mamá nunca usé

Hace dos años, aún no sabía que pronto estaría embarazada (si lo hubiera sabido, tal vez no hubiera mandado a meter aquel vestido que usé solo una vez :P) Seguramente, un día como hoy estaría dando una clase o preparando una presentación para un congreso. Porque lo cierto es que apenas regresé de dicho congreso, me enteré de que iba a ser mamá J

Y entonces empezaron los planes. Bueno, en realidad empezaron cuando por fin desaparecieron las náuseas y dejé de quedarme dormida parada. Los mil y un preparativos para la llegada de mi retoño me llevaron a pasarme horas en internet buscando información sobre el embarazo, y también sobre tooooodas las cosas que supuestamente iba a necesitar para mi bebé. Como en ese entonces tenía más tiempo libre, hice una lista con tooooodos los productos que iba a necesitar, la cual aplicadamente anoté en una hoja de Excel.

Por suerte, creo que no me dejé llevar por el consumismo extremo, al cual podemos ser proclives las madres primerizas. Hoy en día, veo la lista y puedo decir que la gran mayoría de cosas que compré realmente las usé.

Sin embargo, hay ciertos enseres que no recomendaría comprar:

1. Sostenes de lactancia:

Me compré 4. Sí, todos esos. Hice caso omiso a la propia vendedora que me dijo: “Con 1 es suficiente, en la casa no los necesitas”. Dos eran de color blanco, y dos de color beige. Me parecían tan sexys como un calzón de monja.

La vendedora tenía razón: en la casa ni los usas. Y cuando sales, con un top la tienes más fácil. No tienes que preocuparte de si se nota o no la tira, y un top queda bien debajo de cualquier modelo de vestido, polo o blusa.

2. Cojín de lactancia:

Lo mandé a hacer. Y me lo hicieron muy gordo. Todavía me acuerdo ver llegar a mi mamá a la clínica con ese croissant gigante colgado del brazo. Nunca lo usé como se supone, es decir, colocándolo alrededor de tu cintura, sobre tus piernas, sino que siempre lo ponía a un costado, como descansa brazos. Podría haber hecho lo mismo con cualquier almohada ¿no?

3. Formador de pezón:

Me lo compré por si acaso, y lo único que conseguí fue una irritación y un dolor del carajo indescriptible.

4. Colchón antirreflujo

¿Por qué asumí que mi bebé en la panza iba a tener antirreflujo? Cuando el pediatra me dijo que no era necesario (así como esos aparatitos que suenan si el bebé deja de respirar), ya también lo había mandado a hacer, con sábanas y todo. Ahora recuerdo que la señora donde lo mandé a hacer me dijo: “Es que hoy en día todos los bebés nacen con reflujo” :S

5. Pañalera

La verdad es que a mí me hubiera ido mucho mejor con una mochila. Incluso con la que tengo hace como diez años, porque la conozco bien. ¿No les ha pasado que cuando cambian de cartera siempre se les pierde algo? Bueno, al cambiar yo de cartera a pañalera, no estaba familiarizada con sus múltiples compartimientos, y en cada emergencia de pañal me ponía histérica al no encontrar las cosas.

Y a medida que mi hijo fue creciendo la pañalera me siguió pareciendo poco conveniente, porque no hay nada más complicado que perseguir a un niño con un bolso colgando de un brazo. Hasta el día de hoy, si salgo sola con mi niño, ni siquiera llevo mi cartera: meto todo en la mochila.

Imagen tomada de Pinterest

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La maternidad de la A a la Z: Z de Zenit

Zenit es el punto culminante o momento de apogeo de alguien o algo. “Está en el zenit de su gloria” es el ejemplo que da la RAE.

¿Cuál es el momento de apogeo de la maternidad?

Podríamos decir que es el momento del parto natural (o vaginal, o como prefieran llamarlo); esa maravillosa experiencia que lamentablemente no puedo describir por falta de conocimiento, ya que mi bebé nació por una cesárea de emergencia.

Podríamos entonces decir que es el momento en que se establece la lactancia; ese precioso instante en que se agarra de tu teta y empieza a succionar como buen mamífero que es, ante tus ojos maravillados, que no pueden creer que esta criaturita se esté alimentando de tu propio cuerpo. Sin embargo, hay lactancias que no se dan, y no por ello, la maternidad deja de alcanzar su apogeo.

Porque el zenit de la maternidad no se alcanza solamente por la forma en que hayas dado a luz o hayas alimentado a tu bebé.  El zenit de la maternidad se alcanza cuando, por ejemplo, te das cuenta de que puedes consolarlo, cuando se queda plácidamente dormido en tus brazos, cuando te regala su primera sonrisa, cuando sabes que darías la vida por él.

Porque a medida que va pasando el tiempo, esa cúspide sigue alcanzándose la primera vez que te dice “mamá”, la primera vez que te da un beso, la primera vez que sonríes cuando en realidad quieres llorar, la primera vez que se enferma y realmente quieres ser tú quien la esté pasando mal, ser tú quien tenga la fiebre, los cólicos, y esa carita de dolor que te parte el alma.

Porque el auge de la maternidad se vive en el día a día; en ese abrazote por las mañanas, en esas cosquillas por la tarde, en ese besazo de buenas noches y en esos encuentros de madrugada.

Porque ese zenit se alcanza cuando te das cuenta de que tu niño realmente se muere por ti, aunque definitivamente tú más por él.

zenit

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Si deseas, puedes leer el resto del diccionario en los siguientes enlaces:

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